Era.

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Eres la reina del pop,
una diva sin nombre
un montón de ilusión.
-La Oreja de Van Gogh-

Tenía los huesos como la sangre sobre una piel herida y erizada.
Y la piel…
La piel remendada de olvido.
Los labios carnosos invitaban la destrucción.
Y reía como se ríe uno de las cosas que no tienen sentido: sin uso de razón.
Pero parecía tener en su carcajada todas las razones posibles.
Miraba a los ojos como quien mira el futuro, y por eso no dejaba de mirar.
Ni de mirarte.
Y yo siempre pensé que me miraba a mí.
Pero no la comprendíamos.
Tenía un acertijo en la punta de la lengua que nadie conseguía resolver.
Y juro,
Que tenía en cada diente un invierno.
El invierno que había robado a cada boca en cada beso.
Caminaba sola, casi bailando y casi sin entender sus movimientos sobre cuerpos machacados. Y la derrota siempre la pedía el último baile.
Pero ella nunca se lo concedía.
Llevaba en la lengua restos de cenizas de los incendios provocados en colchones ajenos y yo solo recuerdo que me mordió la mejilla como si quisiera arrancar el reflejo de la luna de aquella noche sobre mi piel.
Y sólo sé que se infectó, y que al día siguiente cuando ella ya había desaparecido alguien me dijo que de ahora en adelante iba a vivir como quien espera otro dolor como aquel o más fuerte. Y que probablemente nunca volvería a sentir lo mismo.
La herida se infectó de nostalgias sobre volcanes inactivos que amenazaban con hacerlo saltar todo por los aires.
Y expulsó todo tipo de engaños a la atmósfera.
Viví, como anestesiado, de espejismos.
Y un viejo ilusionista hizo las prácticas conmigo.
La vida jugó a disfrazarse durante mil y unas noches de ella.
Y yo creía encontrarla en cada sol poniente.
Pero siempre acababa escondiéndose.
Así fue, que no quedó más remedio que esperar a que en cada grieta, tras las malas hierbas, saliera alguna flor.
Y puedo decir que sí, que volví a albergar la primavera y a vivir de ella como si fuera algo más que una estación.
Pero eso ya es otra historia, y nunca tendría el tiempo necesario para contar como pasaron aquellas mil y una noche que para mí fueron solo una.
La última y la primera.

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