Elegía a un recuerdo.

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Era aún joven cuando expiró.
Me llenó los pulmones de aire, para el llanto que ahoga y se fue.
Con la cabeza bien alta
y aquel gorro de lana de los inviernos.
Con aquella bufanda azul que te regalé.
A ti solo se te veían los ojos,
ese olimpo de los dioses al que yo solía llamar calma.
A él, las cuencas vacías.
Iba derecho a su tumba.
Allí, donde van tan malqueridos y repudiados, cuando se les olvida.
Los in-olvidables.
Aquellos que forman el cauce de la memoria, del río que se desborda y llena el embalse que da a nuestros lagrimales.
La compuerta estaba abierta.
Y yo lloraba.
Y él se iba.

Era el estío en el regazo y en las manos,
quien había dado de comer incienso a mis sueños y había echo infierno cada despertar.
Cuando no había llama bajo la almohada y, sin embargo sudaba.
La fiebre que abrazó mis madrugadas, por dormir junto al invierno tantas noches desnudas y en vela.
Solo había cera derretida sobre mi piel.
Pero él había soplado y apagado el incendio.
Y yo quería arder.
Quería que se fuera porque había dado de comer a los leones.
Enjaulado la razón.
Animado el espectáculo de esta vida sin sentido.
Este circo y su payaso.
Yo.
Me enseñó a hacer malabares con él para estar confundida.
Y se fue.
Y yo caí rendida de tanto pedalear en el triciclo sobre la cuerda fina.
Era aún joven para vivir en mi hastío.
Sentimiento que me parecía ya viejo.

Lo llamaba cada amanecer para que me contara nuestra historia.
Siempre hizo su deber, nunca me prohibió la cura de los días infames en los que el sofá era de dos, y yo solo alguien demasiado escueta para rellenar mi plaza y demasiado sola para reemplazar la tuya.
Y demasiado cuervo.
Y demasiado llanto.
Y demasiado lobo.
Y demasiado luna.
Y siempre aullido.
Nunca respondiste, pero el recuerdo me dio fuerzas cada ciclo para volver a llamarte.
Fui el perro apaleado en la otra acera de la calle.
Y el vino a recogerme.
Fui drogadicta y qué adicta, a la memoria.
Y el me dio morfina para calmar mis nervios y hacerme adicta a otra cosa, pero libre del recuerdo.
No sé como decirlo.
Fue Peter Pan dándome la mano para volar, aunque fuera al país de los niños muertos.
Y me abandonara allí, para irse.
Como el calcetín estrecho.
Como el zapato del otro pie.
Como tú.
Que.
No.
Encajábamos.
Él me lo mostró.
Algunas noches me susurraba que ibas a volver, otras que nunca habías estado aquí y entre la confusión me hacía repetir que del naufragio se sale nadando hacia Tierra.
Y que él era agua,
mar.
Océano.
Así que a veces nadé en la dirección opuesta, que también era la dirección opuesta a ti, y hoy escribo sobre tierra.
Y él se ha ido.
Y tú.
Creía que no pasaría, pero he encontrado un bote salvavidas, y ahora sé cual es la dirección correcta.
Tengo que ir hacia el Sur, porque una vez tú fuiste mi Norte.
Y ya apenas comprendo el camino a tu cuerpo.

Se ha ido.
El recuerdo.

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2 pensamientos en “Elegía a un recuerdo.

  1. Es precioso, me alucina cómo escribes…, diría que te metes en mi top 3. Por cierto ¿tienes algún premio? ¿quieres uno? no dan nada pero quizá un pelín de difusión del blog pilles. Si no tienes el Liebster y te ape, te lo paso. Ya me dices. Un saludo!

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