Francotirador.

La víctima se cree cazador,
y el cazador suele ser una víctima más de sí mismo.

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Lo cierto es que no podía dejarla de mirar mientras se desnudaba.
Era la deuda prometida que saldada tantas noches en blanco.
La vida le devolvía en un baile todo lo quitado hasta el momento.
Aquel movimiento de caderas para lograr que cayeran sus bragas, escurridizas entre sus piernas acompañado del ritmo de su lengua
que chasqueaba en su boca contando los segundos para poder poner su brazo alrededor de su contorno.
No quería ser prepotente pero se sentía bien cuando alcanzaba a tocarse el hombro, presionando sus labios en el triángulo formado entre sus muslos y su ombligo y midiendo con el largo de su brazo el perímetro de su culo.
Le hacía sentirse hombre capaz de enfrentar todo un mundo.
Hombre tan limpio y tan sucio.
Lo cierto es que no podía parar de admirarla.
De saberse estúpido enroscando su mirada en su cuello desnudo.
Serpiente deslizándose en su vientre como niño en su columpio.
Le puso nombre al caminar de su cuerpo, al terremoto de su piel abalanzándose sobre la cama. Como una ola kilométrica asolando una ciudad pobre.
Los daños irreparables de la catástrofe humana no natural más bonitos de la historia.
El arte siguió la corriente innovadora de las ondas de su pelo libre.
Y todos los poetas comenzaron a irradiar a los pesimistas con el gas de la risa tonta del que hablaba su cuerpo.
Y él, a veces, también reía.
Como un hombre que no recuerda haber sido cuerda para almas tristes.
Como un puño que no atina a descubrir de quien es la sangre en sus nudillos.
El despertar de un inconsciente,
el paro cardíaco del asesino,
el infortunio, la mala suerte,
lo sarcástico del maltratador que muere maltratado.
Por sus desgracias.
Lo cierto es que él no pudo dejar de mirarla aún cuando ella había desviado su mirada. Forzada a abandonar su cuerpo.
La serpiente se introdujo en su garganta.
Y el carmín dejo de ser la seda que revestía sus labios.
El cían la vistió de luto por sus pecados.
Y él la reprendió entre sus brazos como al hijo que no entiende del cariño de padre profesado.
La mano dura se dejó invadir por la sangre.
Sólo ahí comprendió, que había matado otra mujer a la que no quería matar.
Mientras aquel cuerpo convulsionaba al ritmo de una marcha fúnebre y al llanto de unas sucias lágrimas y una lengua en su caverna aún más sucia.
Y supo que era tarde para volverla a mirar.

Fue entonces cuando desvió la mirada.

En un principio era simplemente de tema erótico. No se en qué momento o con qué intención apareció la dureza y el retrato de ese personaje asesino. La inconsciencia dice mucho más que lo que se planea. Así que supongo que en fondo necesitaba decir esto mismo que he dicho sin querer decir.

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