Yo dejé ir a mi cuerpo.

Tan cárcel es el cuerpo para el alma
como el alma para el cuerpo.

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Dibujo de Alberto Solé

Una vez dejé ser libre a mi cuerpo.
Bailó con el viento.
Fue sombra del precipicio
cayó por si mismo
dio de comer a sus cuervos
y estos
– por una vez –
no le sacaron los ojos.

Una vez lo dejé que fuera él quien decidiera
que no hiciera uso de aquel innombrable que maneja
y ante el espejo dijo sí a quien era
y no a sus miedos.
Se dejó doblar y tembló
como la caña flexible que doblega al invierno
con su resistencia.
Él también mostró los dientes
y el frío fue solo la excusa perfecta
para robarle el calor a otro cuerpo
y hacer albornoz su cabello.

Cometió errores
y aprendió de ellos
sin castigo
sin tener que fustigarse con el recuerdo
ni clavarse agujas de tiempo por haber perdido
quizás demasiado
en un par de sin sentidos.
Y no volvió a desorientarse,
a olvidar el camino.

Una vez lo dejé ir
y otra le obligué.
Aprendí en su ausencia
que nadie es quien para atar a otro las manos,
mucho menos a sí mismo.
Hoy andamos sueltos,  
desmesurados y confusos
pero más cerca que nunca de una certeza
dejarse ser es mejor que no dejar ser al que lo desea.
Y él,
bailarín inquieto,
ardía en deseos.

Att: Una razón desnuda.

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