Opio.

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Inventamos un amanecer en que no había nada que perder.
Lo creímos todo ganado.
La guerra fue sólo el recuerdo de la batalla nunca empezada.
Lo quisimos todo como si no nos hubiera costado puños y letras llenas de sangre, y sudor.
Y así fue.
Acabamos con las ganas de todo lo que requería dar, aunque fuera para recibir a cambio.
Dejamos de rezar porque dejamos de creer en los dioses, en la magia, en la fantasía.
Olvidamos que había algo fuera de la realidad.
Olvidamos que hubo sueños y esperanzas en la puerta, antes de que les diéramos el portazo con el que se fueron.
Ya no quieren regresar.
Hemos inventado un mundo fácil, o quizás, sólo hemos dejado de dar importancia a lo difícil.
La complicación que conllevan las cosas bellas, las cosas importantes, las cosas.
Una vez tuvimos miedo y dijimos, eso tampoco lo necesitamos.
Pero no era cierto, ahora que ya no tenemos miedo no nos enfrentamos a nada. No lo vemos necesario.
Dejamos de ser cobardes, pero tampoco empezamos a ser valientes.
Resignados, sería la palabra.
Y resignado, también, el amanecer en que decidimos volvernos a dormir.

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