Secuelas (microrrelato)

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Instantes después estaba llorando.
Antes, había recorrido a oscuras el vestíbulo. Había lanzado a cualquier esquina sus tacones negros de fiesta.
Aún más antes, se había acerado a aquel extraño, recién conocido, saltado en aquella discoteca, movido sus hombros, sido adolescente, olvidado.
Decidida había recorrido el vestíbulo, señalando la cama y besando a aquel chico con total confianza.
Joder, con sus veinticinco años recuperando deseos perdidos.
Había sido poco después cuando se hubo desnudado de pies a cintura, el momento en que él deslizaba su mano entre su cintura y su cuello. Pasando por el callejón olvidado: su pecho.
Y sabía que no era imposible no sentirse ajena con aquella cicatriz, que había que aprender.
A quererla.
A quererse.
Por eso ella no había querido parar, y él no había parado para hacer ningún comentario.
Esas son las cosas que ocurren entre extraños, donde fluye todo menos preguntas indiscretas y en la cama.

Instantes después estaba llorando.
Sus manos presionaban sus senos, como una caricia ansiosa de crear deseo. De hacer sentir.
Ella, simplemente, apenas sentía nada.
Y quizás, él – para aquel entonces – hubiera notado tanto como ella que aquello no era suyo.

Instantes después, estaba llorando.

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