Nirvana


Sus manos se derretían al piano.

Era el descanso para su alma, sedienta de cuerdas golpeadas.

Lo desnudaba -poco a poco- exhibiendo todo aquel mecanismo, su paraíso personal.

Se esforzaba en no pisar con demasiada fuerza sus pedales,

en acariciar con profundidad cada acorde.

En hacerle gritar, a veces, a tres voces.

Su piano…

Blanco vestido, con sus lunares negros y alargados, todos en fila.

Su piano…

Isla nevada que sudaba bajo el tacto de sus manos

que hundían sus dedos con la delicadeza y el deseo del alma.

Su instrumento, fuego externo:

su piano.

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