El beso.

​ 


 Supongo que no hubo alternativa.

El beso se instauró en el silencio, como el llanto que se ve atraído por la almohada.

El beso se dejó caer, como el suicida que se regodea en el aire

que abre sus alas

que disfruta la caída

libre.
El beso subió,

como un vómito por su tráquea.

Hubo como el atisbo

de la arcada 

en sus cuerpos.

Que se retorcieron, se abalanzaron

hacia el otro.
El beso se dejó sentir 

en el brazo de él como serpiente a su cuello.

El beso se volvió fiera y se escapó de su jaula de labios.

Doblando los barrotes de sus dientes.

Las dos bocas se volvieron caverna

la luz se apagó

y el animal revoloteó con la otra fiera.
Las almas en pena se acunaron

en el mar revuelto de su saliva.

Llevaban náufragos 

noches y días 

enteros.

Pero se abrazaron los labios

como la única tabla 

salvavidas

con la fuerza de un recién alimentado

y las ganas de un muerto de hambre.
Cuando la caverna volvió a tener entrada.

Sus bocas ya ni eran jaulas

ni océanos 

ni oasis.

Ni ellos dos náufragos

pues ya nunca más se acordaron del naufragio.

Creyeron todo lo anterior

como el antecedente 

(Lo inevitable)

para haberse encontrado.

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