Yo, nadie.


Ejercicio de escritura automática

He empezado a hablar de ti y te has hecho nudo en mi lengua.

Con tus caderas anchas y tú vientre plano,

has enlazado tus brazos con mis piernas

he tropezado con tus ojos grandes

me han mirado.

Como una cámara – como aquella cámara que contiene todas nuestras fotos juntas – te has parado a mirarme y has parpadeando seguidamente – como una cámara – capturándome con tus pestañas.

Gracias, por atraparme un poco más.
He empezado a hablar de ti.

De tus secretos que te mantienen vestida, de tus manías que se anudan al cuello, que te hacen ser tú.

Con tu mediana estatura en tacones.

Con tu baja estatura al natural.

Diles cuantas veces te desnudé, y no hablo de ropa.

Te has quitado las lágrimas ante mi.

Me las has lanzado con el dorso de tu mano.

Como una sirena juro haberte visto moldear el agua, darle forma y deshacerte de ella.

Flotan en el aire.

Son esferas y llevan tu nombre.

Puedo ver el futuro en ellas y predigo que habrá septiembres más fríos de lo normal cuando tú te vayas.

Y no, no será excusa el cambio climático.
He empezado a hablar de ti.

Empecemos por los días en que nos mirábamos como extrañas que se ponen el sobrenombre de amigas.

Luego, pasaré a dejarme la voz con las veces en que fuiste todo cuanto tuve.

Y odio las exageraciones.

Ven aquí desconocida,

voy a marcarte a diario,

voy a leerte a menudo la piel,

voy a hacerte sangre para juntarla con la mía (o eso es lo que hacen en los libros para ser hermanos).

Voy a tratarte como alguien especial aunque te sientas vulgar.

A solas te diré que mi amor es feo y cotidiano, que se lava los dientes con tu risa para tener una sonrisa más bonita.

Que se peina con tus cosquillas y que se ve más guapo cuanto más lo cuidas.

Que mi amor es cotidiano porque lo uso todos los días y porque no quiere que lo use con otras personas.

Se ha habituado a ti, que eres mi igual.

Mi gota de agua.

Espero haber nacido de una lágrima tuya de alegría.

Eso si que sería todo un acontecimiento.
He empezado a hablar de ti y he divagado, como una loca sobre tus cambios de humor.

Unas veces tan alto.

Carcajada.

Faltando el aliento para tanta risa.

Respiras.

Tragándote el sonido de esta habitación, la conversación, las palabras, a los demás.

Risa floja.

Quizás lágrimas.

Como tantas otras veces.

Lágrimas.

Otras tan bajo.

Lágrimas.

Detrás de la pared.

Mimetizada con el entorno.

Pequeño camaleón en tormenta.

Pequeño trueno abandonado.

Pequeño miedo asustado con tanto miedo.

Lágrimas.

Por más que las retengas, eres de las de vaciarse lento y constante.

Así que para hacerlo realista pondré aquí unas cuantas más de lágrimas.

Lágrimas.

Lágrimas.

Como el rayo que no cesa de Miguel Hernández, tu llanto que no acaba.
He empezado a hablar de ti, y no sé quién va a tener tanta paciencia para leerte.

Puedo hacerte Biblia con tanto verso.

Puedo sangrarte en forma de palabras.

Serás como esa hemorragia contenida que se exterioriza y que no mata.

O quizás sea yo la que no se da cuenta.

Quizás me has dormido y te he empezado a hablar como en un sueño.

Me falta la consciencia después de tanto sangrar sobre tu pecho.

Espero que te llegue al corazón, porque a mí me está doliendo.

Ya apenas recuerdo por qué había empezado a nombrarte.

Espero que no fuera en vano.

Espero que haya un motivo, porque la belleza siempre lo tiene y la poesía acaba por encauzarse.

Y si hay un cauce será porque hay un lugar donde la vertiente nace.

Porque la nada no existe, o aún no la han descubierto. Pero nadie si existe y soy yo cuando tú olvidas pronunciar mi nombre.

O no me hablas.

O no me miras.

O no recuerdas lo que es ser amigas.

He empezado a hablar de ti y no sé quién va a sentirse más desnuda de las dos cuando esto tenga luz propia.

Porque te he plasmado de tal manera que un ciego pueda conocerte sin haberte visto.

Que un sordo pueda conocerte sin haberte escuchado.

De tal manera que si un día te olvido te recuerde.

De tal forma que si un día me olvidas me recuerdes.

Con tal precisión que si un día te olvidas te recuerdes.

He empezado a hablar de ti y creo que cualquiera podría sentirse yo y sentirte a ti si lee esto.

Soy yo, 

me ato las manos para no seguir escribiéndote, 

porque no tendría sentido que después de tanto escribir nadie se parara a leer esto.

Y nadie soy yo, también,

y voy a pararme a leerlo.

A ver si al gritarte a voces empiezas a decir mi nombre y vuelvo a ser algo.

O alguien,

quien sabe,

si ese alguien que también me está versando

eres tú.

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